¿INTERACTUAR O NO INTERACTUAR? ESA ES LA CUESTIÓN

Al final, conservamos lo que amamos. Amamos lo que entendemos y entendemos lo que nos han enseñado.

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Tiburón tigre (vertical) y tiburón limón (horizontal).

El conservacionista senegalés Baba Dioum pronunció esta frase en una asamblea de la Unión Mundial para la Conservación de la Naturaleza celebrada  en Nueva Delhi en el año 1968. Hoy vivimos en un mundo encogido en el que los más extraños contactos son posibles. Entendemos cosas que hasta hace poco eran desconocidas e ignoradas, gracias a lo cual nuestra conciencia sobre la belleza y la fragilidad del mundo circundante es inédita y esperanzadora. A medida que avanzamos, explotamos nuevos campos lo que lleva inevitablemente a que tengamos que plantearnos nuevas cuestiones morales asociadas a estos nuevos comportamientos y actividades. Un ejemplo bastante elocuente son los tiburones. Hace pocos años los tiburones eran considerados los inmisericordes devoradores de hombres del mar cuya única función era helarnos la sangre cada vez que poníamos un pie en el mar. Por tanto, nada tenía de malo eliminarlos del planeta donde habían vivido durante 250 millones de años. Nuestros veranos serían mucho más placenteros con la seguridad de que una siniestra aleta jamás volvería a cortar la superficie en dirección a los bañistas.

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Tiburones toro en aguas cubanas.

El esfuerzo científico llevado a cabo y destinado a sacudirse los prejuicios y a conocer realmente a estos esquivos animales, logró revelar cuan importantes son los tiburones en el funcionamiento de los océanos y por ende de la Tierra. Se ha demostrado que los ataques producidos a humanos son producto de la confusión y que un ecosistema lleno de tiburones, es un ecosistema sano. Al calor de esta nueva visión de los escualos surgió hace no demasiados años, una industria turística que no para de crecer. Bajo la máxima de que, económicamente, un tiburón vale mucho más vivo que muerto, clubs de buceo de todos los lugares que aún conservan tiburones ofertan buceos con ellos. Se les puede ver sin el cristal de la TV o el acuario de por medio e incluso se les puede tocar. Aquellos que son capaces de dejar atrás lo que creían saber sobre tiburones y adentrarse en su mundo, descubren cuan injusta es la fama que interesadamente se había atribuido a los reyes del mar.

A medida que los últimos monstruos del pasado son desenmascarados, los turistas más aventureros acuden como moscas. Al buceo con tiburones debemos añadir el incipiente negocio que ha empezado a florecer en México: Bucear con cocodrilos.

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La observación de cetáceos es otro ejemplo de interacción que plantea varios interrogantes. Antes de los años 70 del pasado siglo XX las ballenas eran todas como Moby Dick, enormes monstruos unde-barcos y sedientos de sangre. Ir a su encuentro era un suicidio. Cuando Roger Payne realizó las primeras grabaciones de los cantos de las ballenas jorobadas, la visión que el mundo tenía del monstruo cambió. No era posible que un ser maligno produjera tan hermosos sonidos ni demostrara tanto afecto y empatía con sus semejantes. Cantidad de barcos continúan siguiendo a las ballenas en la actualidad pero ya no se trata de balleneros armados con arpones sino de pequeñas embarcaciones tripuladas por turistas armados únicamente con cámaras de foto o video. No buscan la carne de los cetáceos sino una imagen, un recuerdo, una emoción, aquella que sacude sus cuerpos cuando la ballena resopla, salta o se sumerge alzando lentamente su enorme cola como si dijera adiós.

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Incluso cuando el contacto con el animal no proviene de un avistamiento intencionado sino de una liberación, la gente se agolpa para ver de cerca lo que seguramente nunca volverán a ver tan al alcance de la mano. Pongamos como ejemplo la liberación de una tortuga que ha sido rehabilitada. Todo el mundo la va a rodear y tocar y algo útil aprenderán de ella, pero el animalito sale disparado hacia al mar huyendo del alboroto.

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La pregunta no puede ser otra. Por muy buenas que sean las intenciones de esta industria de acercar al público animales tan largamente vilipendiados y contribuir así a su mejor conocimiento y conservación, ¿es necesario un contacto tan grande? Y más importante, ¿es esto bueno a la larga para las especies que se pretende proteger?. Varias voces afirman que el buceo con tiburones, diario en algunas partes del mundo, ha vuelto a los escualos perezosos, ya no buscan alimento por si mismos ¿por qué hacerlo sabiendo que los buceadores les regalaran comida a cambio de su presencia en el mismo lugar y a la misma hora?. También se afirma que las embarcaciones de observación de cetáceos son demasiado ruidosas y que se acercan demasiado a los animales. Estos contactos tan directos son fábricas de conservacionistas además de una fuente de ingresos cada vez más importante pero ¿vale la pena cambiar la conducta de algunos especímenes para que hagan de embajadores de su especie y ayuden así a garantizar su supervivencia?. El debate está abierto.

CMT

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